
La navaja suiza cambió de forma
¿Quién ha osado cambiar la forma de la navaja suiza? Esa línea casi inmutable, tan familiar a todas las generaciones, tan simple y tan bella a la vez. Sin embargo… ¿no consiste el verdadero diseño en llevar la forma a su estado de perfección? Ese estado donde el objeto coincidirá exactamente con lo que siempre se ha esperado de él, incluso sin saberlo. Cuando sostenga en su mano una navaja suiza Evolution, comprenderá perfectamente estas palabras.
¿Por qué redefinir la navaja suiza? Antes, sólo las máquinas que producían los mangos dictaban la forma. La funcionalidad, el confort y la ergonomía tenían menos influencia sobre la forma que las restricciones de los procesos de producción. Wenger ha creado la forma más apropiada para este objeto. No se trataba de rejuvenecer la navaja suiza, ni de añadir nuevas funciones más o menos útiles: se trataba de hacerla coincidir con lo que, sin saberlo, se había esperado siempre de ella.
El resultado es evidente: la nueva navaja suiza es tan simple como la mano. Se trataba de colocar un poco de material donde era necesario, de proporcionar cuerpo al objeto para crear formas cóncavas y convexas capaces de asegurar un tacto firme e intuitivo. El manejo de la navaja suiza será, a partir de ahora, más seguro. Estas líneas fluidas, estas superficies sutilmente curvadas, esta diagonal que cohesiona el conjunto parecen haberse moldeado lentamente a sí mismas mediante el contacto con los dedos, buscando el mejor tacto para cortar, tallar, destornillar –o simplemente asir la navaja dentro del bolsillo y sentir, sin verla, en qué posición está-.
Verla es desearla
De este modo, Wenger mejora la navaja suiza con un nuevo toque funcional y estético, sin eliminar las características que la han convertido en un clásico. En ella se encuentran los valores suizos eternos: precisión, ingenio, fiabilidad y sentido práctico. Desde ahora, a estos valores se añaden la firmeza y la suavidad: firmeza en el tacto, suavidad de líneas. Todo está ahí -o casi todo-, condensado en un volumen compacto que proporcionará el placer de sentirlo entre los dedos. El diseño de la nueva navaja suiza ha sido encomendado a Paolo Fancelli, quien ha confiado en su instinto y experiencia para darle forma.
Toda la vida se abre y cierra a voluntad
La navaja suiza no es un objeto como los demás: no es uno de esos objetos que sólo se utilizan, sino de los que forman parte de nuestra vida. Los más sencillos, los más indispensables, los más familiares. No se trata sólo de un cuchillo grande y uno pequeño, un abrecartas, un destornillador y un sacacorchos de mangos rojos y cruz blanca. Es el objeto que recibimos cuando, todavía niños, ya se nos ve como adultos; la prueba iniciática del primer corte al abrir las hojas; el recuerdo de largas horas enredando con un padre, un abuelo o un viejo amigo; el primer corazón y el primer nombre que se marca en un tronco; vacaciones, acampadas, trozos de madera tallados, flores cortadas, reparaciones de emergencia… Es toda la vida que se abre y cierra a voluntad, como las hojas de este objeto que casi siempre nos acompaña.
Este objeto casi mítico, compañero de nuestra vida y de nuestros sueños, presente en nuestros recuerdos… ¿Era necesario modificar su diseño? Wenger está claramente comprometido con el mantenimiento de la tradición: desde 1893 se ha impuesto como uno de los dos principales fabricantes de navajas suizas. Así, Wenger no ha querido alterar, en nombre de puras consideraciones estéticas o de modas, esta forma tan familiar a todas las generaciones. Pero todos los objetos tienen su historia: tienden hacia un punto de perfección, hacia una forma final que les espera sin saberlo. Cuando esta forma nace, parece tan evidente y tan natural que es casi imposible imaginar que antes fuera de otro modo.
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